LOS OJOS SOMBRIOS DE HORACIO QUIROGA PDF

Mosho Cuentos de amor de locura y de muerte Cuentos de amor, de locura y de muerte. Amazon Second Chance Pass it on, trade it in, give it a second life. Horacio Silvestre Quiroga Forteza was an Uruguayan playwright, poet, and above all short story writer. How to write a great review. Thanks for telling us about the problem.

Author:Goltirisar Faeshicage
Country:Angola
Language:English (Spanish)
Genre:Business
Published (Last):17 March 2007
Pages:395
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ISBN:498-6-32334-696-2
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Hallbame haca largo rato sentado y aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, vindome all, vino a saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de carcter. Lo haba estimado muchos aos atrs, y entonces volva de Europa, despus de larga ausencia.

As nuestra charla, que en otra ocasin no hubiera pasado de ocho o diez frases, se prolong esta vez en larga y desahogada sinceridad.

Supe que se haba casado; su mujer estaba all mismo esa noche. Por mi parte, le inform de mi noviazgo con Elena -y su reciente ruptura.

Posiblemente me quej de la amarga situacin, pues recuerdo haberle dicho que crea de todo punto imposible cualquier arreglo. Casi nunca se sabe al principio lo que pasar o se har despus. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente ms complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido ms feliz de la tierra.

Hace cinco aos me vi con gran frecuencia con Vezzera, un amigo del colegio a quien haba querido mucho antes, y sobre todo l a m. Cuanto prometa el muchacho se realiz plenamente en el hombre; era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran enfermizas, y usted no ignora de qu modo se sufre y se hace sufrir con este modo de ser. Un da me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casara muy pronto.

Aunque me habl con loco entusiasmo de la belleza de su novia, esta apreciacin suya de la hermosura en cuestin no tena para m ningn valor. Vezzera insisti, irritndose con mi orgullo. Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos mirajes y debo equivocarme siempre. T, no! Lo que dices es la ponderacin justa de lo que has visto! Cada vez que volv a verlo en los das sucesivos, lo hall ms exaltado con su amor. Estaba ms delgado, y sus ojos cargados de ojeras brillaban de fiebre.

Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho. No s si usted ha sufrido una impresin semejante; pero cuando ella me extendi la mano y nos miramos, sent que por ese contacto tibio, la esplndida belleza de aquellos ojos sombros y de aquel cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

Cuando salimos, Vezzera me dijo: -Y? Vezzera me mir de reojo y se call por largo rato. Vezzera se encogi de hombros como si yo hubiera esquivado su respuesta. Sigui sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al fin volvi otra vez a m sus ojos de fiebre. Me parece lindsima; quieres ms? Se calm entonces, y con la reaccin inevitable de sus nervios femeninos, pas conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasndose al recuerdo de su novia. Fui varias veces ms con Vezzera.

Una noche, a una nueva invitacin, respond que no me hallaba bien y que lo dejaramos para otro momento. Diez das ms tarde respond lo mismo, y de igual modo en la siguiente semana. Esta vez Vezzera me mir fijamente a los ojos: -Por qu no quieres ir? Es que no quieres ir ms! Te gusta? Vezzera me mir como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis. Se observ en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

Quieres que te lo diga? Tena las ventanas de la nariz contradas, y su respiracin acelerada le cerraba los labios. No seas clmate, que es lo mejor. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empuj cariosamente. Vezzera se recost en mi cama y cruz sus dos manos sobre la frente. Pas un largo rato en silencio. De pronto me lleg su voz, lenta: -Sabes lo que te iba a decir?

Que no queras que Mara se enamorara de ti Por eso no ibas. Todo, todo lo que quieras! Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqu a l. Cuatro horas ms tarde llegbamos all. Mara me salud como si hubiera dejado de verme el da anterior, sin parecer en lo ms mnimo preocupada de mi larga ausencia. Mara arrug imperceptiblemente el ceo, y se volvi a m con risuea sorpresa: -Pero supongo que no tendra deseo de visitarnos!

Aunque el tono de la exclamacin no peda respuesta, Mara qued un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos. Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatacin de las narices de Vezzera, conoc su tensin de nervios. Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo mir con verdadera rabia.

Vezzera afect no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con el convulsivo golpeteo del pie, mientras Mara tornaba a contraer las cejas. Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer; pero tuve que hacerlo.

Mara solt la risa, notndose as mucho ms el cansancio de sus ojos. Pensabas eso, Antenor? La madre entr de nuevo en la sala, y la conversacin cambi de rumbo. Lo hice a propsito. Pero qu diablos te pasa? Qu tienes contra m? No me contest, encogindose de hombros.

Pero un momento despus, al separarme, sent su mirada cruel y desconfiada fija en la ma. Hasta maana. Cundo quieres que volvamos all? Se acab. Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos. Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra m Al da siguiente Vezzera entr al anochecer en mi cuarto. Llova desde la maana, con fuerte temporal, y la humedad y el fro me agobiaban.

Desde el primer momento not que Vezzera arda en fiebre. Por qu has salido con esta noche? No ves que ests jugando tu vida con esto? Lo que quiero es que vayas otra vez all. No quiero que no quieras ir! Me mata esto! Por qu no quieres ir? Ni una palabra ms sobre esto, oyes? La angustia de la noche anterior torn a desmesurarle los ojos. De modo Bueno, dejemos, no es nada.

Lo detuve del hombro y se dej caer en seguida en la silla, con la cabeza sobre sus brazos en la mesa. Vas a dormir aqu conmigo. No ests solo. Durante un rato nos quedamos en profundo silencio.

Al fin articul sin entonacin alguna: -Es que me dan unas ganas locas de matarme -Por eso! Qudate aqu! Pero no pude contenerlo, y pas toda la noche inquieto. Usted sabe qu terrible fuerza de atraccin tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habra sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto. Y an as, persista siempre el motivo. Pas lo que tema. A las siete de la maana me trajeron una carta de Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrs.

Me deca en ella que era demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de m. Que en cuanto a Mara, tena la ms completa certidumbre y que yo no haba hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir ms all. Que estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.

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